Primero, la superficie
Un buen impermeabilizante falla si la base está mal preparada. Antes de aplicar, la superficie debe estar limpia, firme y seca, sin partes sueltas, con las grietas selladas y con pendiente hacia los desagües para que el agua no se acumule.
Los encuentros entre el techo y los muros, las juntas y los sumideros son los puntos donde más suele filtrar y requieren refuerzo.
Asfálticos
Se usan en forma de emulsión o de membrana. Son frecuentes en techos y losas porque se adhieren bien y son relativamente económicos. Las membranas asfálticas se instalan en láminas y forman una capa continua; las emulsiones se aplican con brocha o rodillo en varias manos.
Suelen necesitar una capa de protección o acabado si habrá exposición directa al sol o tránsito.
Acrílicos o elastoméricos
Son de base agua, flexibles y se aplican en varias manos. Resisten bien la exposición al sol y existen en colores claros que ayudan a reflejar el calor. Son una opción común en techos y azoteas expuestas con poco tránsito.
De poliuretano
Forman una capa continua y elástica, con buena adherencia y resistencia. Se usan cuando se busca más durabilidad o en superficies con muchos detalles. Su aplicación exige una preparación cuidadosa de la base y el control de las condiciones de humedad.
Cementicios
Se mezclan con agua y se aplican como un mortero. Funcionan bien en zonas en contacto permanente con agua, como cisternas, cimentaciones o baños, y sobre superficies rígidas. Son menos flexibles que los anteriores, por lo que no siempre son la mejor opción donde hay movimiento o grietas.
Cómo decidir
Antes de elegir, responde estas preguntas:
- ¿La superficie es un techo, una terraza, un muro o una cisterna?
- ¿Habrá tránsito de personas o solo mantenimiento ocasional?
- ¿Recibe sol directo todo el día?
- ¿Hay grietas, juntas o movimiento en la estructura?
- ¿Va a tener un acabado encima, como piso o pintura?
Con esas respuestas, un especialista puede recomendar el sistema adecuado y el número de capas necesario.



